Algo me requema las entrañas y, como en cualquier situación inestable, una chispa, un disparador, se convierte en el inicio de una guerra sin cuartel.
La chispa: empresas que se pasan por bloqueros, me piden intercambios de enlace, acepto y me doy cuenta de que no es eso. No es eso.
Damn!
Ese es el disparador.
Se vierte espuma y no sé darle nombre, Cien años de pesadumbre.
Esta aflicción no se puede compartir porque hay momentos en que ocupa cada átomo de mi piel. Los poros se transforman en enormes sumideros de desencanto.
Y de repente, ya no me quiero. No me aguanto ni por dentro ni por fuera. No me aguantan. Soy cargante.
Y necesito explicarme, convertirme (sin connotaciones religiosas), volver (igual) y hallar el origen del alarido, del grito de Luna al mar. Porque yo también necesito explicarme alto, con volumen, a ver si, por casualidad, llega hasta mi pasado, 20 años atrás y 10.000 kilómetros a la izquierda.
Lamentablemente, no.
En jirones de sueños vivimos. Rasgaduras de recuerdos que acaban oscureciéndose.
Damn!
¡Cómo me gustaría que entendieras que te quiero, mamá!

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